sábado, 21 de abril de 2018

Comportamientos insospechados

Todos tenemos supuestos sobre cómo reaccionarán otras personas en determinadas situaciones. Algunos de estos supuestos están basados en la experiencia directa. Otros son tan sólo suposiciones. Una cuestión muy interesante en el ámbito de la investigación social es cómo reaccionan los individuos ante accidentes y catástrofes naturales. La investigación psico-social es abundante al respecto. Y algunos de los resultados resultan sorprendentes, porque contradicen muchos de nuestros supuestos iniciales.

Uno de los resultados más consistentes de la investigación es que la cohesión y la colaboración se refuerzan cuando se producen catástrofes naturales o sociales. Autores como H.A. Lyons, Charles Fritz y Anthony Oliver-Smith han mostrado que los vínculos sociales se refuerzan cuando se produce un desastre natural. La catástrofe produce una comunidad de sufridores, rompe las barreras y la distancia psicológica y social habitual entre los individuos y facilita la conexión interpersonal. Las catástrofes naturales, a pesar del daño material que pueden causar, suelen producir un efecto beneficioso en el bienestar de los individuos, a causa de la mayor conexión y cohesión social que precipita la catástrofe. La distancia entre los individuos desaparece, la amabilidad florece, la depresión se reduce.



Otro supuesto muy común es que la gente entra en pánico tras una catástrofe. Pero resulta que el pánico, como expone Amanda Ripley en The Unthinkable: Who Survives When Disaster Strikes - and Why, es, en realidad, mucho menos frecuente de lo que solemos pensar. Allá por 1954, el sociólogo Enrico Quarantelli, junto con un grupo de investigadores, analizaron la respuesta de varias comunidades tras diversos episodios de tornados en Arkansas. La idea convencional era que la población reaccionaría con una gran indefensión, pero, también, que habría peleas, robos y pánico. Lo cierto es que Quarantelli y sus colaboradores descubrieron que casi todo el mundo tenía un comportamiento ejemplar tras un tornado. Había muestras de comportamiento generoso. Los individuos se protegían unos a otros. Apenas había atascos de salida, ni signos de estampidas.

En 1963, Quarantelli y otros colegas fundaron el Disaster Research Center en la Ohio State University. Resumiendo sus hallazgos en 1975, Quarantelli y Dynes escribían "En general, se fomenta la cooperación en lugar del conflicto". La histeria era en gran medida mítica; acciones confundidas con el pánico, como correr desde un edificio colapsado, son en realidad respuestas razonables al peligro. "Los desastres naturales democratizan la vida social" y "fortalecen la identificación comunitaria". Las distinciones de clase desaparecen, al menos temporalmente, porque las personas sufren y trabajan juntas. El saqueo es extremadamente raro, no así los temores a los saqueos.

Un caso interesante es la respuesta tras el incidente en la central nuclear de Three Mile Island en los Estados Unidos en 1979. Las autoridades ordenaron la evacuación de embarazadas y niños en la zona más cercana a la central. Parte de la población evacuó la zona por iniciativa propia (las personas mayores, como en otros episodios, fueron más reacios a evacuar). Pero como afirma uno de los testigos, "fuera de todo esto, a pesar de que los empleados estaban muertos de miedo, no hubo prácticamente ningún comportamiento irresponsable".

Tras años de estudio, Enrico Quarantelli concluyó que el pánico colectivo es más infrecuente de lo que pensamos; y que este sólo se produce cuando la gente:
  • Siente que está atrapada
  • Tiene un gran sentimiento de indefensión
  • Tiene un sentimiento de aislamiento 

Otras investigaciones como las del psicólogo John Leach refieren a la regla de 10/80/10. Según esta teoría, aproximadamente el 10 por ciento de los individuos hace frente a una crisis "en un estado mental relativamente tranquilo y racional". Estos son los supervivientes. Son capaces de controlar sus emociones, evalúan la situación, priorizan, planifican y actúan. Cerca del 80 por ciento de los individuos, "simplemente quedará aturdido y desconcertado". La mayoría de individuos tiende a quedar inicialmente aletargados, como estatuas (es la conocida como “respuesta letárgica”). La clave para la supervivencia de este grupo, nos dice Leach, es recuperarse rápidamente de la "parálisis cerebral”. El papel decidido de una figura de autoridad puede ser aquí decisivo. Finalmente, el 10 por ciento restante "pierden el control". Estos individuos pueden volverse histéricos y entrar en pánico.

Como concluyen muchos supervivientes a desastres naturales, lo importante es tener un plan y confiar en las autoridades. Ripley refiere en The Unthinkable a la situación de dos comunidades costeras de Indonesia, Langi y Jantang, ambas golpeadas por un tsunami. Mientras que en la primera comunidad sobrevivió el 100% de la población, en la otra comunidad apenas sobrevivió el 50% de la población. La gran diferencia: la primera comunidad tenía una tradición de evacuación sólida, había realizado ensayos de evacuaciones, sus habitantes estaban familiarizados con la evacuación. Estaban preparados. En la otra comunidad, apenas sabían lo que era un tsunami.

En The Unthinkable encontramos un buen repaso a parte de la investigación psicológica y sociológica sobre la respuesta a desastres. ¿Qué determina que unas personas sean capaces de evacuar a tiempo y otras no?, ¿hay diferencias culturales en las reacciones frente a una catástrofe?, ¿por qué es tan importante la confianza?, ¿qué convierte a unas personas en más resilientes que otras?, ¿por qué el líder adecuado puede ser crítico para la supervivencia?, ¿por qué las personas evacúan en grupo, contradiciendo los modelos simplistas de evacuación? Nuestros supuestos sobre la conducta de los individuos en situaciones de emergencia son, en muchas ocasiones, equivocados. The Unthinkable es un buen repaso a algunas de estas cuestiones.

sábado, 7 de abril de 2018

Tribus morales y dilemas éticos

Siempre he intuido que existe una explicación sociobiológica de la moral. ¿Por qué todos intuimos que hacer trampas está mal y sin embargo parece imposible ponerse de acuerdo sobre si el aborto es o no moralmente correcto? La visión construccionista de que cada sociedad impone de modo arbitrario un código moral a sus individuos resulta simplista y poco empírica. Algo similar ocurre con la idea de que podemos reducir la moral a una serie de axiomas éticos desarrollados por tradiciones religiosas o filósofos brillantes.

Desde hace más de dos décadas, la investigación en el ámbito de la psicología de la moral y la neurociencia nos ha permitido desarrollar una visión más integradora de la moralidad. Un ejemplo destacado es la investigación llevada a cabo por Joshua D. Greene, profesor e investigador en psicología y neurociencia moral de la Universidad de Harvard. En Moral Tribes. Emotion, Reason and the Gap between Us and Them (2014), Green desarrolla un análisis exhaustivo de la moral fundamentada en la investigación experimental sobre las decisiones morales como las planteadas por el dilema del tranvía (piense un momento: ¿por qué la mayoría consideramos justo desviar con una palanca un tranvía descarrilado que mataría a cinco personas para que solo mate a una persona, pero consideramos injusto empujar a una persona para que muera frente a un tranvía evitando la muerte de cinco personas?).



Greene parte de una definición de la moral diferente a la tradicionalmente asumida en el ámbito de la ética: la moralidad es un conjunto de capacidades psicológicas para promover y estabilizar la cooperación humana. Esta definición es iluminadora. La moral, y las emociones sociales como la confianza, la empatía, el honor, la venganza, los celos o el enfado ante la injusticia, tienen la función básica de equilibrar la conducta cooperativa entre los individuos. Son emociones innatas, desarrolladas y moduladas con la experiencia. Es decir, la moralidad no es solo un conjunto de principios, razonamientos o normas abstractas, sino un conjunto de capacidades psicológicas universales.

Moral Tribes contiene dos ideas fundamentales. En primer lugar, que los seres humanos hacemos frente a dos tipos de problemas morales: Yo versus Nosotros y Nosotros versus Ellos. En segundo lugar, que los individuos poseemos dos mecanismos morales fundamentales para hacer frente a estos problemas: las intuiciones morales (el sistema automático) y el razonamiento moral (el sistema manual).

Los problemas de tipo Yo versus Nosotros son problemas de cooperación entre los miembros de una comunidad. ¿Debo ser egoísta o cooperar? ¿debo hacer trampas o cumplir las normas? En la mayoría de estos problemas, las intuiciones morales nos dan la solución óptima. La mayoría de los individuos intuimos que robar a alguien sin necesidad está mal. La intuición es simple y clara, aunque las intuiciones también tienen sus pautas de funcionamiento. A través de numerosos experimentos realizados con individuos que hacen frente a problemas morales como el del tranvía, Greene pone de manifiesto cómo funcionan las emociones morales. Por ejemplo, la mayoría sentimos que está mal matar deliberadamente a una persona para salvar a cinco (este es el tipo de contradicciones entre emoción y pensamiento utilitarista que Greene analiza en el libro) cuando “matar” a un individuo implica el uso de la fuerza personal (la distancia psicológica es baja), el acto es intencionado y no un efecto indirecto de otro acto (sí, la intención es lo que importa) y cuando el acto se produce por acción y no por omisión. Es decir, nuestras intuiciones morales siguen ciertas pautas. Hacen que nos sintamos mal cuando de modo personal, deliberado y activo perjudicamos a otros individuos en beneficio propio. Es la manera que tiene la evolución sociobiológica de garantizar la cooperación humana.  
  
Los problemas de Nosotros versus Ellos son más complejos. En su origen evolutivo, estos problemas se plantean cuando dos “tribus” deben llegar a un acuerdo. Imaginemos dos bandas de cazadores recolectores que deben decidir si quemar o no unos árboles del bosque. Los miembros de la banda A consideran adecuado quemar los árboles. Los de la banda B lo consideran inadecuado. Asumimos que los individuos dentro de las bandas forman una “tribu” en el sentido psicológico o moral: todos sus miembros piensan lo mismo. La cuestión es que la intuición de los miembros de la banda A dirá que es adecuado quemar los árboles, mientras que la intuición de los miembros de la banda B dirá que lo correcto es no quemarlos. Nos enfrentamos a un problema de Nosotros versus Ellos. ¿Cómo solucionarlo? Aquí es donde la intuición falla y, por tanto, el razonamiento moral es necesario*.




Greene considera que el utilitarismo o el pragmatismo profundo, basado en la evidencia empírica, es la forma más avanzada de razonamiento moral (su sencilla demolición del pensamiento kantiano y de Rawls así como de la justificación de los "derechos" como meras racionalizaciones de intuiciones morales, es asombrosa). El utilitarismo persigue maximizar el bienestar de un mayor número de individuos. Es decir, para saber si una decisión es moral o no, deberíamos analizar empíricamente las consecuencias de esta decisión sobre el bienestar de la mayoría de individuos. Dado que podemos desarrollar una ciencia del bienestar (asumo, con Greene y muchos otros autores que podemos conocer qué factores incrementan la felicidad de los individuos y qué factores los reducen), podemos evaluar cualquier decisión que enfrente a dos tribus en términos de qué impactos tendrá sobre la felicidad de la mayoría. En última instancia, podría haber una decisión empíricamente mejor que otra.

Pero Greene incurre en alguna incoherencia y evita mencionar algunas de las dificultades del utilitarismo empírico. Por ejemplo, Greene aplica el razonamiento utilitarista a problemas de yo versus nosotros como la esclavitud dentro de una misma sociedad. Creo que son problemas en los que no es necesario el razonamiento utilitarista. La esclavitud del 10% de la población podría ser beneficioso para el bienestar de la mayoría. Pero quizá simplemente está mal tener un esclavo y muchas personas, incluso en las sociedades esclavistas, lo sentimos así. El utilitarismo puede indicar que donar a los pobres todo el dinero que te sobra es una decisión racional: pero simplemente los seres humanos no funcionamos así, pues necesitamos dinero para más cosas que satisfacer las necesidades básicas. El utilitarismo también podría sugerir que mandar a los delincuentes presos a una isla paradisíaca sin que se enteren los otros miembros de la sociedad es la decisión correcta porque maximiza el bienestar de la mayoría. Pero simplemente es un problema de Yo versus Nosotros: por supuesto que hay que investigar el efecto de cada tipo de pena sobre la sociedad, pero el castigo es una intuición moral natural entre los individuos, porque favorece la cooperación. El padre de un niño asesinado quiere la aplicación de cierto castigo contra el delincuente, lo cual es “natural” y moralmente defendible (aquí la intuición sobre qué castigo es adecuado o funcional cambiaría con el cambio en los valores y las prácticas de una sociedad, lo cual muestra que las intuiciones morales son modulables por el entorno).   

Entre las dificultades del utilitarismo empírico que Greene no menciona creo que hay dos principales. Primero, que podemos presentar decenas de efectos empíricamente observables de una decisión (cortar los árboles del bosque puede tener decenas de efectos directos e indirectos con los que discutir una decisión), lo que hace que el análisis no sea tan sencillo como pudiera parecer (de ahí el origen del análisis multicriterio). En segundo lugar, que muchos efectos psicológicos y sociales observados de una decisión no son totalmente consistentes, no se producen en todos los casos, o tienen una evidencia controvertida. Por ejemplo, la mayoría de estudios muestra que la pena de muerte no produce una disminución del delito. Pero, ¿es esto cierto siempre? ¿se observa en todas las sociedades? Como todas las preguntas sociológicas, la respuesta nunca es tan consistente como en el ámbito de la física clásica.

Moral Tribes tiene partes apasionantes. Y me ha convencido de varias cosas. Una importante es que no podemos basar toda nuestra moral en el conocimiento científico de nuestra sociobiología: porque en los problemas de nosotros versus ellos, nuestras intuiciones morales siempre nos sugieren lo mismo: nosotros tenemos razón. Pero también, que el argumento de los derechos, la filosofía kantiana o la filosofía rawlsiana son, en gran medida, racionalizaciones de la intuición. Los problemas de Yo versus Nosotros deben ser investigados y discutidos. Pero la intuición moral suele funcionar adecuadamente. En los problemas de nosotros versus ellos, en las controversias morales de las sociedades pluralistas, sólo nos queda el estudio, la investigación empírica, la discusión sosegada y el acuerdo entre “tribus” morales.  



* Los problemas de Nosotros versus Ellos son críticos en las sociedades modernas pluralistas, pero no en el sentido de un país frente a otro. Dentro de una misma sociedad avanzada coexisten numerosas “tribus” morales: gente de izquierda y de derechas, religiosos y ateos, veganos y omnívoros, antivacunas y provacunas, del Madrid y del Barça, etc. Solo el nacionalismo en las sociedades modernas consigue crear una única tribu moral a escala societaria. La posibilidad de generar tribus identitarias dentro de una sociedad es, como mostró la investigación de Sherif, infinita y arbitraria. Pues bien, ante el desacuerdo entre tribus sólo cabe el uso del razonamiento moral, del sistema manual, no intuitivo.

sábado, 24 de marzo de 2018

Entornos poco fiables

Tengo nuevo estudio favorito. Seguro que recuerdan el ya clásico experimento de la golosina (marshmallow test). Unos investigadores ofrecen a niños de seis años la posibilidad de obtener dos golosinas si esperan 15 minutos sin comerse una golosina. Esos 15 minutos resultan una eternidad para la mayoría de niños, que se acababan comiendo la golosina prohibida. Pero algunos son capaces de resistir la tentación. Los niños difieren en su capacidad de aguante (minutos sin comer la golosina), es decir, de autocontrol. Y este autocontrol expresado en el test de la golosina, sabemos por estudios posteriores, está asociado positivamente a numerosos indicadores de resultado en la vida adulta tales como rendimiento académico, menor abuso de sustancias, autoconfianza o mejores habilidades interpersonales. 

Pues bien, el estudio Rational snacking: young children's decision-making on the marshmallow task is moderated by beliefs about environmental reliability (2013), de la investigadora Celeste Kidd y colaboradores, da una vuelta de tuerca al estudio de las golosinas. Los niños de seis años difieren en su capacidad de autocontrol. De acuerdo. Pero, ¿qué influencia tiene el entorno en la capacidad de autocontrol de los niños? 



Los investigadores decidieron aplicar el test de la golosina a una muestra de niños. Pero esta vez, antes de aplicar el test, modificaron las condiciones del entorno, afectando a las expectativas de los niños. Veamos cómo. Todos los niños fueron acompañados a una sala de dibujo antes de realizar el test. En la condición poco fiable, el investigador pidió a los niños que esperaran antes de dibujar, argumentando que les traería un juego de pinturas nuevo. Pasados unos minutos, el investigador volvió con las manos vacías y explicó que se habían acabado las pinturas nuevas. En la condición fiable, el investigador pidió a los niños que esperaran, pues volvería con pinturas nuevas. Pasados unos minutos, el investigador volvió con una caja de pinturas nueva. Los niños pudieron pintar con ellas. Ambas condiciones fueron repetidas con ciertas variaciones en una ocasión más.

Después de dibujar los niños procedieron al test de la golosina. El resultado fue que los niños sometidos a la condición fiable esperaron una media de 10 minutos más (en un periodo de 0 a 15 minutos) que los niños en la condición no fiable. Una diferencia muy importante. En el grupo no fiable, sólo el 7% de los niños esperó sin comerse la golosina para recibir las dos golosinas adicionales. En el grupo fiable, el 60% de los niños fue capaz de aplazar la gratificación instantánea de comerse la golosina y esperar para conseguir dos golosinas adicionales. Una respuesta conductual tremendamente diferente. 


Dentro de ambos grupos, por supuesto, los niños difirieron en su capacidad de aguante. Unos niños consiguieron aguantar y otros no. El auto-control previo del niño siguió siendo importante en su capacidad de espera. Pero las expectativas de los niños sobre el entorno tuvieron un papel tan importante o más que el auto-control. Los niños en la condición no fiable adquirieron, de su experiencia con el entorno, la expectativa de que aplazar la gratificación no produce resultados favorables. En alguna medida, sucumbir a la tentación era la opción racional de acuerdo con su experiencia. Algunos niños en la condición fiable fueron incapaces de resistir la tentación, pero la mayoría en este grupo pospuso la gratificación inmediata gracias a una expectativa favorable.

Los resultados de un único estudio resultan insuficientes para asegurar la existencia de un vínculo causal entre expectativas y conducta. Pero los datos de Kidd y colaboradores refuerzan la consistencia de otros estudios. Y su manera de transmitirlos es parsimoniosa e inspiradora. 

Las implicaciones son relevantes. Ciertas conductas censurables que observamos en nuestra sociedad son el resultado de una baja confianza, de una expectativa negativa sobre el entorno, propiciadas por un entorno no fiable, y no de una propiedad inmutable de nuestra sociedad. Si mi jefe o mi compañera, mi maestro, mi vecina, mi compañía de teléfono o mis responsables políticos me han defraudado, ¿por qué intentar ejercer mi autocontrol? Una conducta aparentemente irrelevante, como no mantener una promesa, puede tener un impacto significativo sobre los miembros de nuestra red social, multiplicando exponencialmente sus efectos. 

domingo, 11 de marzo de 2018

Tres ideas fundamentales en Behave, de Robert Sapolsky

Quería hacer una recensión más sesuda. Pero la estructura de Behave: The Biology of Humans at Our Best and Worst, de Robert Sapolsky, me ha desanimado. Sapolsky, famoso profesor de neurobiología en Stanford, primatólogo y escritor, y célebre por sus estudios sobre los babuinos y el estrés, así como por libros como ¿Por Qué Las Cebras No Tienen úlcera?, despliega en Behave un conjunto de hallazgos relacionados sobre la agresividad, la conducta competitiva y la prosocialidad en los seres humanos. El objetivo de Sapolsky es explicar la biología de la conducta social humana, profundizando en los factores más inmediatos o cercanos a la conducta, como el funcionamiento de los neurotrasmisores o las hormonas, y su relación con factores distales como la crianza infantil o la cultura. 

El libro ha apasionado a lectores de todo el mundo. El recorrido por distintos estudios sobre la conducta humana es apabullante. 


Aunque no comparto la fascinación de muchos de los lectores por Behave, me han parecido relevantes tres ideas tratadas en el primer capítulo del libro. Son tres puntos clave que Sapolsky considera necesarios precisar antes de explorar la biología de la violencia y la agresión, la cooperación y el altruismo:

La primera idea es que no es posible comprender la agresión, la competición, la cooperación y la empatía sin la biología. En la agresión y, en especial, en la conducta agresiva reactiva e instantánea, intervienen procesos biológicos diversos relacionados con el funcionamiento del cerebro humano, las hormonas y los genes. No puedes comprender profundamente la conducta social humana sin tener en cuenta estos procesos (no necesariamente son la causa principal de esta conducta, pero siempre están implicados). Aunque Sapolsky no lo afirma, lo mismo podría decirse de los procesos psicológicos y sociales. 

La segunda idea es que, aunque los procesos biológicos siempre están presentes en cualquier forma de conducta, no puedes confiar sólo en la biología para comprender la conducta humana. El determinismo ambiental, psicológico o social, suele acusar a la investigación en genética o en biología de la conducta de ser determinista. Y viceversa. Y es que todas las disciplinas contienen un punto determinista: identifican y analizan factores causales en su nivel de análisis. La cuestión es que los determinismos, entendidos así, no son excluyentes. Dada la naturaleza sociobiológica evolucionada del ser humano, para comprender de manera profunda la conducta social humana debemos recurrir al conocimiento de los procesos biopsicosociales implicados. Para hacer buena sociología o biología, podemos limitarnos al estudio de los factores sociales o biológicos. Pero para comprender de verdad la conducta social humana, no. 



En tercer lugar, y aquí viene lo más interesante, en realidad no tiene sentido distinguir entre procesos biológicos, psicológicos y sociales, porque todos ellos están entrelazados. Nuestra mente y nuestras disciplinas funcionan creando categorías. Pero la realidad no entiende de categorías. Por poner un ejemplo sencillo: la pobreza extrema (factor social) resulta en peores resultados académicos en los niños, en parte, porque empeora la función cerebral (factor biológico) a través de un mayor estrés y desatención parental (factor psicológico y psico-social) y la malnutrición (factor biológico). En ciertas sociedades, el vínculo pobreza-resultados académicos podría ser atenuado a través de políticas sociales determinadas (factor social), etc. Como especie sociobiológica con una mente y una cultura complejas, la biología siempre actúa de mediador en cualquier forma de conducta social humana. Y el contexto social y la cultura siempre actúan de amplificador o atenuador de una conducta, así como de contexto de la conducta. Lo mismo ocurre con los procesos psicológicos. Por lo tanto, cuando invocas una explicación, sea esta biológica, psicológica o sociológica, en realidad estás invocando todas las demás.

Coincido con Sapolsky en que es problemático cuando los científicos o pensadores creen que el comportamiento humano se puede explicar enteramente desde una única perspectiva. Gran parte de la ciencia social ha cometido esta falacia, así como determinadas formas de ingeniería social. Como afirma Sapolsky, comprender el funcionamiento de la conducta social humana implica reconocer la diversidad de factores relacionados de modo complejo, desde la química del cerebro a las hormonas, las pistas sensoriales, el entorno prenatal, las experiencias tempranas, los genes, la evolución biológica y cultural o las presiones ambientales. Y esto es complicado.

sábado, 24 de febrero de 2018

El poder de los introvertidos

Lo tenía en la lista de lecturas pendientes. Pero no acababa de decidirme. ¿Un libro sobre la introversión?, ¿qué interés puede tener para mí en este momento?- pensaba. Sin embargo, la lectura de Quiet: The Power of Introverts in a World That Can't Stop Talking (traducido en español como El poder de los introvertidos) me ha resultado intelectualmente fascinante, y personalmente reveladora.

El espectro introversión-extroversión es un rasgo del temperamento y de la personalidad de los individuos muy estudiado. Todos identificamos a compañeros, amigos y familiares a los que consideramos introvertidos o tímidos (ambos rasgos refieren a aspectos diferentes de la personalidad, pero están relacionados), así como a aquellos genuinamente extrovertidos. Nosotros mismos somos capaces de situarnos en algún punto del continuo introversión-extraversión. Pero no siempre somos conscientes de las profundas implicaciones individuales y colectivas de este rasgo de nuestro temperamento, así como de sus causas más profundas.

El libro de Susan Cain es una magnífica obra de divulgación sobre las bases biológicas y psicológicas de la introversión, pero también es una profunda reflexión sobre el papel de la introversión en nuestras sociedades, en las que la capacidad comunicativa, la asertividad y la autopromoción individual son, por lo general, más valoradas. ¿Cuál es el papel de la introversión en un mundo, como nos dice en el título del libro, que no puede dejar de hablar?

La introversión es un rasgo del temperamento el individuo. Estudios como los de Jonathan Kagan del Laboratory for Child Development de la Universidad de Harvard indican que ya a los cuatro meses de edad los niños muestran patrones de conducta asociados a la introversión-extroversión. En uno de sus estudios más conocidos, el equipo de Kagan analizó la reacción de cientos de niños de cuatro meses de edad cuando interactuaban con desconocidos. La observación de las reacciones de estos niños permitió establecer que en torno a un 20% de los niños podía ser calificado como altamente reactivo, lloraban, se ponían nerviosos, etc.; un 40% permanecían calmados y plácidos, tenían un perfil poco reactivo; y el restante 40% se situaban entre ambos extremos. Al analizar a estos mismos niños años después, el equipo de Kagan mostró que los niños altamente reactivos tendían a tener una personalidad más seria, cauta, introvertida. Los niños poco reactivos eran más relajados y confiados. La alta y la baja reactividad tendían a corresponder con la introversión y la extroversión.

Según muestran los estudios, los niños de alta reactividad que disfrutan de una buena crianza, cuidado infantil y un entorno estable en el hogar tienden a tener menos problemas emocionales y más habilidades sociales que sus pares de menor reactividad.
La cuestión es que los niños altamente reactivos, después jóvenes y adultos introvertidos, no son individuos antisociales; simplemente son más sensibles al entorno, sea este psico-social o ambiental. El rasgo de introversión está relacionado, como muestra Cain, con el concepto de “alta sensibilidad”, promovido por la investigadora Elaine Aron. Las personas altamente sensibles son aquellas con un sistema nervioso más fino, más desarrollado que la mayoría de la gente, más reactivo. La persona altamente sensible o reactiva recibe relativamente mucha más información sensorial que alguien con una sensibilidad media. Por eso le afectan más las reacciones de otras personas, pero también el ruido o los olores. Esto hace que necesite menos estimulación social o ambiental externa que otros individuos, que busque en mayor medida la calma, la soledad y el recogimiento interior. Elaine Aron distingue cuatro cuatro características esenciales de estas personas:
  • Reflexionar de manera profunda sobre la información recibida
  • La tendencia a sobre-estimularse o saturarse
  • Una fuerte emocionalidad ligada a una gran capacidad empática
  • Una elevada sensibilidad sensorial especialmente en cuanto a “sutilezas“.

La investigación de Aron pone de manifiesto que en torno a dos de cada diez personas pueden considerarse como altamente sensibles. La alta reactividad, la alta sensibilidad y la introversión son rasgos del temperamento, es decir, rasgos innatos al individuo y observables desde la infancia. Las causas de la alta reactividad están, seguramente, relacionadas con la activación de la amígdala, el funcionamiento del sistema de recompensa del cerebro y la necesidad diferencial de estimulación del cerebro.



Una cuestión apasionante es el origen evolutivo de la introversión. El espectro introversión-extroversión parece existir también en otras especies animales. Cain cita el trabajo de Sloan Wilson sobre animales “rápidos” y animales “lentos”. La introversión y la extroversión podrían ser estrategias de supervivencia y reproducción radicalmente diferentes pero válidas ambas en función de la situación. En los seres humanos, la importancia de la cooperación y la competición, así como los cambios en las condiciones ecológicas y ambientales permitirían el éxito de ambas estrategias. En algunas ocasiones, asumir riesgos es la estrategia vencedora. En otras, lo es pensar cautelosamente.

Susan Cain reflexiona, también, sobre las posibilidades de los introvertidos de modificar su personalidad o, más bien, de actuar fuera de su personalidad. A partir de la teoría del free trait, Cain nos recuerda que un introvertido puede actuar de modo extrovertido de modo consistente cuando éste está motivado por un proyecto personal importante, que da sentido a su vida. Cuando la persona trabaja para conseguir algo que valora, cuando le mueve una pasión o una fortaleza personal, el amor por una causa o persona, forzarse para ser más extrovertido es una buena estrategia. Nuestra personalidad no es totalmente maleable, pero sí es capaz de adaptarse en una situación determinada.  

Como nos recuerda Susan Cain en su magnífico libro, la timidez es dolorosa, pero la introversión no. Los extrovertidos (ese 40% menos reactivo) piensan menos y actúan más rápido. Los introvertidos son más cautos y reflexivos. Nuestras sociedades necesitan de ambos perfiles, así como de aquellos que se sitúan en el medio del espectro. Susan Cain me ha hecho pensar. Sí, debemos honrar la introversión, tanto en nuestra vida personal como colectiva.  

viernes, 29 de diciembre de 2017

Cuando la profecía falla

Cuando la profecía falla es uno de los estudios de caso más conocidos en la investigación sobre el comportamiento humano en movimientos sociales. Desconocía su existencia. 

En el otoño de 1954, el por aquel entonces profesor de psicología social en la Universidad de Minnesota Leon Festinger, leyó una noticia inusual en un periódico local: “Profecía del planeta Clarion para la ciudad: Escapad del diluvio”. La autora de la noticia era una tal Marian Keech, líder de una secta local llamada the Seekers. Keech afirmaba ser capaz de contactar con alienígenas. A través de ellos, sabía la fecha precisa del fin del mundo: el 21 de Diciembre de 1954. La noticia informaba que los verdaderos creyentes podrían salvarse del apocalipsis gracias a una nave espacial que descendería en el jardín de la residencia de Keech.



La cuestión es que numerosos seguidores de la secta abandonaron sus trabajos y vendieron sus propiedades y se prepararon para congregarse el 21 de Diciembre en casa de la sacerdotisa. El fin del mundo estaba próximo. Así que Festinger y sus colegas decidieron infiltrarse en el grupo. Para ver qué pasaba.

Como sabemos, el 21 de Diciembre no descendieron los alien y el mundo no se acabó. Y entonces entraba en juego la pregunta de investigación de Festinger: ¿cómo reaccionarían los seguidores de la secta concentrados en casa de Keech al darse cuenta del camelo?

Bien, la noche del supuesto apocalipsis, los miembros de la secta, entre los que se encontraba Festinger, quedaron perplejos y en silencio. ¿Por qué no se había incendiado el Planeta? ¿Qué había sido de los alienígenas? ¿Tal vez la congregación había conseguido evitar el fin del mundo?

La reacción de los sectarios confirmó la hipótesis de Festinger: la fe en Keech y sus absurdas teorías quedó indemne. Es más, en algunos casos, la fe de los seguidores pareció fortalecerse (nada que no veamos en la política española). Como afirmó Festinger y sus coautores en Cuando la profecía falla, el grupito de seguidores interpretó la ausencia de un apocalipsis como un éxito de su congregación. Pensaron que habían sido capaces de detener el fin del mundo. La racionalización había entrado en juego. La evidencia no alteró en lo más mínimo sus creencias.

El episodio de los sectarios es una prueba manifiesta de una tendencia ampliamente observada en la forma de pensar y actuar por defecto de los seres humanos: el “razonamiento motivado”. Las creencias están primero y el razonamiento después; es decir, creemos algo y utilizamos el razonamiento para defender esta creencia. El razonamiento está “motivado” por la necesidad de defender nuestras creencias, reflejo de nuestra identidad. 



Y es que para el homo sociobiologicus, las creencias, si poseen un fuerte componente emocional, son un reflejo de la identidad socio-cultural. Defendemos nuestras creencias porque, en el fondo, defendemos a nuestro grupo, a nuestra identidad, a nosotros mismos. La razón es tan solo una poderosa arma subsidiaria que nos ayuda a vencer en la lucha por la supervivencia. Las creencias, nuestros valores culturales, nuestra identidad, nuestras emociones están antes; la razón, después. Como afirma el investigador Jonathan Haidt, solemos pensar que somos científicos buscando la verdad, pero en realidad somos abogados defendiendo a un cliente. Nuestro razonamiento es un medio para lograr un fin: vencer en una discusión.

El modelo intuicionista social en psicología moral (social intuitionist model), propuesto por autores como Jonathan Haidt, propone, frente al modelo racionalista tradicional, que cuando realizamos un juicio moral, las intuiciones están antes y causan directamente el razonamiento ex-post facto.
Por supuesto, no todo nuestro razonamiento es razonamiento motivado. Como pone de manifiesto la investigación en neurociencia, cuando las personas no tienen un fuerte vínculo emocional con las conclusiones de un razonamiento, se produce un razonamiento no motivado, que resulta cualitativamente diferente. Si, por ejemplo, discutimos sobre la manera más rápida de llegar de un punto A a un punto B, es probable que no se produzca un razonamiento motivado, aunque incluso aquí, las preferencias previas podrían influir en la discusión. 

La mayoría de las personas operamos bajo el razonamiento motivado en una diversidad de ámbitos, desde las discusiones sobre salud, estilo de vida, moralidad, política o deporte. La esfera pública está dominada, en ocasiones, por el razonamiento motivado. Como también el ámbito de la moral.

El razonamiento motivado tiene consecuencias relevantes en la vida política de las sociedades avanzadas, como refleja la discusión en Estados Unidos sobre el cambio climático o los efectos de las vacunas. Como afirma Chris Mooney en un interesante artículo sobre razonamiento motivado y cambio climático, el razonamiento motivado afecta a votantes en uno y otro lado del espectro político.

El rechazo a las vacunas, por ejemplo, manifiesto entre personas con una determinada matriz cultural, se defiende argumentativamente a partir de la evidencia -demostradamente falsa- de que las vacunas están causando una epidemia de autismo entre los niños. Los estudios epidemiológicos han mostrado que no existe ningún vínculo causal entre vacunación y autismo. Los antivacunas olvidan que las vacunas han salvado millones de vidas en las últimas décadas, y que siguen siendo un elemento fundamental de nuestra salud pública. Pero la cuestión es que las personas que apoyan este movimiento no son totalmente ignorantes de los hechos, ni poseen necesariamente una capacidad reducida de raciocinio. Simplemente, intentan proteger su visión, legítima, del mundo, en la que la intervención médica industrial es percibida como un ataque a la naturaleza, su libertad y a su identidad cultural. De ahí que tratar de convencer sólo con datos a una persona que sostiene una posición sea, por lo general, una intervención inadecuada.

Los seguidores de The Seekers eran, ciertamente, fervorosos creyentes. Pero eran, también, simples seres humanos con una cognición limitada o caliente (hot cognition). Como afirma Chris Mooney, aunque resulte paradójico, el cambio no se produce con los hechos. Los valores, la confianza, la identidad y la emoción están antes. Trabajar con estos elementos puede permitir a los hechos tener alguna posibilidad de éxito en una discusión.

miércoles, 27 de diciembre de 2017

Mindset

Cuando pensamos en nuestras habilidades personales, la mayoría de los individuos nos situamos en algún punto entre una mentalidad fija y una mentalidad de crecimiento. En una mentalidad fija, pensamos que nuestras habilidades son una característica invariable, fija, que hay que demostrar. En una mentalidad de crecimiento, pensamos que nuestras habilidades son variables y que podemos desarrollarlas por medio del aprendizaje.

Carol Dweck, profesora de psicología social de la Universidad de Stanford, ha dedicado su carrera académica al estudio de ambas mentalidades. Los estudios de su equipo de investigación muestran, de modo consistente, que una mentalidad de crecimiento está asociada a mejores resultados académicos y personales, así como a una mayor motivación, menor depresión y, en general, a una mayor resiliencia frente al fracaso.



Poseer una mentalidad de crecimiento suele resultar beneficioso en términos de motivación y logro personal en todos los ámbitos. Esto es así, porque creer que se puede mejorar (lo contrario de poseer una mentalidad fija) resulta fundamental cuando nos enfrentamos al fracaso, lo que invariablemente sucede a cualquier individuo. Las personas con mentalidad fija tienden a rendirse frente a la adversidad. Porque consideran el fracaso como una evidencia de su incapacidad (dado que esta es fija). Rehuyen los retos, se esfuerzan en proteger su ego, mintiendo si es necesario, lo que, en general, inhibe su crecimiento. Por el contrario, las personas con una mentalidad de crecimiento se muestran más perseverantes frente al fracaso, invierten más tiempo y esfuerzo en la mejora de sus habilidades y se muestran más motivados por buscar soluciones, porque piensan que no han aprendido o practicado lo suficiente, no que sean inadecuados. Como resultado, tienden a deprimirse menos.

Como pone de manifiesto Carol Dweck en Mindset: La actitud del éxito, los efectos de ambas mentalidades se traducen en un rendimiento diferenciado en el ámbito académico (los alumnos con una mentalidad de crecimiento aman el aprendizaje y se sobreponen con más facilidad a las dificultades), el deporte, las relaciones de pareja o los negocios. Sencillamente, porque la perseverancia y la búsqueda de la autosuperación contribuyen positivamente al logro personal en cualquier ámbito. Una mentalidad de crecimiento permite perseverar. Y la perseverancia es un factor fundamental en la consecución de cualquier objetivo. En este TED se muestran algunos resultados de sus estudios.



Pero, si aceptamos que cualquier habilidad es susceptible de mejora con una mentalidad de crecimiento -el margen de mejora sería variable en función de la habilidad o capacidad considerada- , ¿es posible también modificar la mentalidad de una persona, es decir, favorecer una mentalidad de crecimiento en los individuos?

Los estudios de Carol Dweck indican que es posible inducir una mentalidad de crecimiento en las personas. En diversos estudios, Dweck y colaboradores han mostrado que cuando a un grupo de alumnos se le induce una mentalidad de crecimiento -con programas formativos como Brainology- estos suelen mejorar significativamente su motivación y su logro, frente a alumnos a los que no se enseña esta mentalidad. Inducir una mentalidad de crecimiento implica enseñar a los alumnos que sus habilidades, por ejemplo matemáticas, son susceptibles de mejora con el aprendizaje porque el cerebro se fortalece y crea nuevas conexiones con la práctica adecuada. Los alumnos que reciben estas enseñanzas suelen mejorar su rendimiento a lo largo del curso. Se sienten más motivados y se desaniman en menor medida frente al fracaso.  

El éxito del libro de Carol Dweck reside, en parte, en transmitir una idea sencilla, fundamentada y potente: si nos situamos en una mentalidad de crecimiento podremos obtener un éxito verdadero en todos los órdenes de la vida.

La hipótesis de las mentalidades, aunque probada de modo consistente, posee algunas limitaciones que no son mencionadas en Mindset. En primer lugar, que la mentalidad es solo un factor más en el rendimiento. Algunos de los estudios de Carol Dweck sobre los efectos de la mentalidad de crecimiento en el ámbito académico muestran un impacto significativo pero moderado. Porque, como sabemos, factores como la inteligencia del alumno, el estatus socioeconómico de su familia o la calidad del colegio y los profesores tienen un efecto también significativo en el rendimiento. En segundo lugar, sabemos que la mentalidad de crecimiento, o la capacidad de persistencia de una persona es, gran medida -en torno al 40% de su variación-, atribuible a la influencia de los genes. Es decir, es posible inducir una mentalidad de crecimiento en los niños, y los padres harían bien en intentarlo, pero algunos niños, sencillamente, tienen una tendencia innata a poseer una mentalidad fija.

Como ha reconocido la propia investigadora, la mentalidad de crecimiento no tiene un efecto mágico sobre la vida de las personas. Pero incrementar la persistencia, la determinación y la resiliencia de una persona puede favorecer su éxito personal y profesional. Cultivar nuestra mentalidad de crecimiento es una inversión positiva. La obra de Carol Dweck nos permite entender mejor esta mentalidad, así como desarrollar la motivación y las estrategias para adoptarla.